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La trampa estructural

La economía mexicana, salpicada por la ideología dominante en cada etapa de su historia reciente, ha sostenido durante décadas un debate que oscila entre dos posiciones aparentemente irreconciliables. Para unos,

hace una hora

Última Publicación La trampa estructural por Editorial public

La economía mexicana, salpicada por la ideología dominante en cada etapa de su historia reciente, ha sostenido durante décadas un debate que oscila entre dos posiciones aparentemente irreconciliables. Para unos, el problema central es la insuficiente generación de riqueza; para otros, su deficiente distribución. Los primeros sostienen que sin crecimiento no hay nada que repartir; los segundos responden que de poco sirve crecer si los beneficios terminan concentrados en una minoría.

Ambas posiciones contienen parte de la verdad, pero ninguna alcanza a explicar el problema completo. México no enfrenta un problema de crecimiento ni un problema de distribución. Enfrenta una trampa estructural donde la limitada capacidad para generar riqueza restringe la capacidad redistributiva del Estado, mientras la insuficiente redistribución limita a su vez las posibilidades de crecimiento futuro. Crecimiento y distribución no son fenómenos divorciados; son manifestaciones distintas de las mismas debilidades institucionales.

Los datos históricos son contundentes. Durante los últimos cincuenta años, la economía mexicana ha registrado un crecimiento promedio de apenas 2.36 por ciento anual, según cifras del INEGI. Se trata de un desempeño mediocre para un país con su potencial productivo, ubicación geográfica y dimensión demográfica. Es insuficiente para absorber la presión natural de una población económicamente activa creciente, elevar la productividad o cerrar la brecha de desarrollo frente a las economías más dinámicas del mundo.

Peor aún, cuando la economía logra crecer, los beneficios no se distribuyen de forma satisfactoria. México continúa entre los países con mayor desigualdad de la OCDE, con un coeficiente de Gini persistentemente superior a 0.40. La paradoja es evidente: el crecimiento económico no ha sido capaz de traducirse en prosperidad compartida.

Esta realidad obliga a replantear el debate desde la óptica de las políticas públicas, particularmente de la política fiscal. El sistema tributario mexicano no solo es insuficiente; también forma parte del problema. Mientras la recaudación tributaria promedio de la OCDE ronda el 34 por ciento del PIB y en América Latina supera el 21 por ciento, México permanece rezagado en apenas 16.5 por ciento. El Estado recauda poco para financiar el desarrollo y, simultáneamente, dispone de herramientas limitadas para corregir desigualdades.

La insuficiencia recaudatoria no puede entenderse únicamente como un problema tributario. También refleja limitaciones institucionales más amplias en la capacidad del Estado para organizar, regular y financiar el desarrollo. Un sistema fiscal incapaz de generar recursos suficientes termina debilitando la inversión pública, restringiendo la formación de capital humano y limitando el acceso efectivo a derechos fundamentales como educación, salud, seguridad, vivienda y alimentación.

Cuando un sistema tributario no logra cumplir adecuadamente estas funciones, resulta legítimo cuestionar su diseño y exigir su reforma.

Por desgracia, los indicadores de coyuntura de 2026 confirman la persistencia de esta tendencia. Las expectativas de crecimiento continúan deteriorándose, la Formación Bruta de Capital Fijo pierde dinamismo y la inversión privada enfrenta crecientes niveles de incertidumbre. Todo ello ocurre en un contexto donde la desigualdad permanece prácticamente inalterada.

Quizá por ello la pregunta correcta no sea si México debe crecer primero para distribuir después o distribuir primero para crecer después.

La pregunta verdaderamente relevante es otra: ¿qué instituciones necesitamos construir para lograr ambas cosas al mismo tiempo?

Después de décadas de resultados insuficientes, ha llegado el momento de reconocer que la baja capacidad para generar riqueza y la limitada capacidad para distribuirla no son problemas distintos. Son las dos caras de una misma falla estructural.

Mientras esa estructura permanezca intacta, México seguirá atrapado en una paradoja que limita simultáneamente su capacidad para crecer y su capacidad para prosperar; un país que produce menos riqueza de la que su potencial permite y distribuye menos bienestar del que su desarrollo exige.

Autor Guillermo Huízar

Editorial

Publicado hace una hora

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