Un trozo de la historia de la relocalización minera en Bolivia quedó plasmado en el barrio de Los Mineros, como se conoce a un par de manzanos que rodean la Plaza del Minero y que forman parte del barrio Virgen de Fátima.

Los recuerdos del despido masivo más grande de la historia, que dispersó a los trabajadores del subsuelo de la Comibol (Corporación Minera de Bolivia) por distintos puntos del país, se conservan aún en la memoria de los descendientes de los mineros relocalizados, quienes, 30 años después aún añoran la bonanza económica que representó para ellos su vida en los centros mineros.

“Eran buenos tiempos esos, a la pulpería nos llegaban frazadas, productos para cocinar. La verdura llegaba cada quince días y dos veces por semana, desde Santa Cruz, nos llegaba la carne”, recuerda Lourdes Mamani Orihuela, con su mirada vuelta al pasado.
Explica que los centros mineros estaban divididos en secciones y por ello los que llegaron a Tarija no se conocían de antes. “Cuando hemos llegado, no nos conocíamos porque trabajábamos en diferentes lugares, secciones de la mina”.

De los primeros que llegaron a Tarija, que fueron los que adquirieron los lotes y casas en calidad de vivienda social, pocos quedan. La mayoría falleció y son sus hijos y nietos quienes pueden relatar sus vivencias a partir de las historias que les contaron.
La compra de lotes se produjo en la década del 70, por lo que muchos de ellos llegaron antes de la relocalización por diversos motivos, el principal, porque ya tenían una casa en Tarija, según relata una vecina que prefiere no revelar su nombre. Recuerda que su madre vino al sorteo en el que se definió el lugar que ocuparía su casa, que quedó frente a la plaza.

Explica que sus padres se vinieron antes de la relocalización porque dejaron el trabajo en los centros mineros. “Se vinieron en 1977 porque a mi papá le detectaron presión alta”.

Sin embargo fue la relocalización la que dio el impulso a otras familias. “Cuando yo me vine tenía unos 27 años, ya tenía mis dos hijos y nos vinimos el 87, después de que en la empresa nos dieron una cartita que decía que tenemos que irnos”, cuenta Lourdes, quien vive en una de las pocas casas que mantiene la estructura original de vivienda social que le dieron los constructores.

Es una casa pequeña con una verja, detrás de la cual se observa el jardín con un frondoso árbol que da sombra. En el resto del barrio la mayoría de las casas fueron sustituidas por viviendas más amplias y de dos o tres pisos.

“Ellos han comprado estos lotes y pagaban cada mes lo que les descontaban de su sueldo, no se sentía cuánto uno pagaba. Los dirigentes han comprado y después han sorteado entre todos y así a cada uno le ha tocado su lote y su casa”, recuerda.

La Comibol les notificó mediante unos documentos que debían retirarse de las minas porque no había más mineral que extraer. “Luego nos ponían un camión grande en las puerta de nuestras casas, a todas las casas llegaba un camión para que carguemos nuestras cosas y nos lleven a donde decidamos. Algunos tenían su casa en Cochabamba, otros en El Alto, en La Paz”. De este modo la empresa buscaba facilitar el abandono de los centros mineros por parte de los trabajadores y evitar los conflictos por el despido masivo de la fuerza social más importante de Bolivia.

“Nosotros teníamos esta casa aquí en Tarija, que la había comprado mi suegro y que mi suegra terminó de pagar. Cuando hemos llegado, no me gustaba porque había bichos, yo le tenía miedo a los sapos, las víboras, pero poco a poco me acostumbré”.

En el caso de la familia de Lourdes Mamani, ella recuerda que sobrevivieron inicialmente con el dinero que recibieron como indemnización. “Después mi esposo se ha ido a la Argentina, allí ha aprendido a colocar cerámicos y se ha hecho constructor”.

Cuando llegaron, el colegio Belgrano estaba recién construido y la zona era algo despoblada y llena de churquis. “Había un lago en medio del colegio- cuenta - y agrega que sus hijos estudiaron allí”.
Nuevamente, a su memoria retornan los recuerdos de su vida en la mina Quechisla. “Allá teníamos un buen colegio, buenos profesores porque les pagaban muy bien, también teníamos una Normal para que estudien profesores”.

La calidad de los servicios que ofrecía la Comibol a los mineros parece ser uno de los recuerdos más atesorados por los “relocalizados”. Ana María, quien prefiere no revelar su nombre completo, cuenta que la atención médica era de calidad. “Había un hospital con buenos médicos, había dentistas, cirujanos, pediatra, bien era la Comibol, no como ahora que muchos cuando se accidentan se mueren en las minas”, dice refiriéndose a la extracción minera que quedó en manos de los cooperativistas.

Actualmente habitan esas casas los hijos y nietos de los mineros que escogieron Tarija para construir un hogar para continuar su vida después de las minas. “Yo ya solo vengo a visitar a mi suegra porque mis hijos ya han terminado la Universidad y yo me he hecho mi casa en la parada del Norte”, comenta Lourdes.

Los campos llenos de churquis desaparecieron poco a poco y 30 años después el barrio de Los Mineros es parte de lo que fue Villa Fátima y hoy es un céntrico barrio de la capital chapaca, colindante con la calle La Paz que se ha convertido en una zona muy comercial. A pocas cuadras está la Terminal de Buses y un poco más allá el Campus Universitario de El Tejar de la Universidad Autónoma Juan Misael Saracho.

Solo una pequeña casa tipo “chalet” recuerda los orígenes del barrio con un letrero que indica que es la Asociación de Mineros que fue fundada en 1982.

Fuente: elpaisonline.com