Sectores industriales de alto impacto buscan un nuevo rumbo: tecnología y circularidad para frenar su huella ambiental


Lo que durante décadas fue visto como una consecuencia inevitable del desarrollo —emisiones, residuos tóxicos y procesos difíciles de abatir— hoy enfrenta un punto de quiebre. Sectores como el del acero, la petroquímica, las llantas y las baterías para vehículos eléctricos comienzan a admitir que el modelo operativo tradicional ya no es sostenible y están abriendo la puerta a tecnologías que prometen un cambio estructural.

La magnitud del problema habla por sí sola. El desgaste cotidiano de las llantas, por ejemplo, libera millones de toneladas de partículas que terminan en ríos y océanos y representan más de un tercio de los microplásticos primarios del mundo. En paralelo, la fabricación de baterías para vehículos eléctricos —pieza clave de la descarbonización— sigue siendo un proceso intensivo en emisiones. Y el acero, responsable de cerca del 9% del CO₂ global, continúa dependiendo de altos hornos alimentados con coque.

En este contexto, la Automation Fair 2025 reunió a empresas que ya están poniendo soluciones en marcha, no como promesas futuristas, sino como procesos Operativos reales.


Nuevos modelos para viejos problemas


Bolder Industries: desarmar una llanta para darle otra vida

La estadounidense Bolder Industries expuso un proceso que, aunque complejo, apunta a una circularidad real: despolimerizar llantas usadas para obtener tres productos distintos. El gas generado alimenta la propia planta, los líquidos se utilizan como insumo petroquímico y el sólido —un negro de humo circular— regresa a la industria del hule y el plástico.

Para una compañía que vende a clientes como Pirelli, la consistencia no es negociable. Por eso recurre a sistemas de automatización que permiten replicar el mismo nivel de calidad en plantas de diferentes países, con equipos operativos distintos.

Utility Global: rescatar hidrógeno donde antes sólo había combustión

Otra apuesta llega desde Utility Global, que trabaja con industrias consideradas “difíciles de abatir”. Su propuesta: capturar los gases residuales que normalmente se queman en antorchas y transformarlos en hidrógeno mediante un proceso electroquímico que no exige las enormes cargas eléctricas de la electrólisis.

La ecuación no es sencilla. Para que su tecnología despegue, el hidrógeno producido debe competir en precio con el que actualmente compran estas mismas plantas. Pero la presión regulatoria —y los nuevos costos asociados a las emisiones— está cambiando rápidamente la viabilidad del modelo.

Circulor: poner nombre y apellido a cada kilo de material


En un terreno distinto, Circulor apuesta por la trazabilidad. Su software sigue minerales críticos desde la mina hasta la batería instalada en un vehículo eléctrico. El impulso principal proviene de la regulación europea, que obligará a que las baterías vendidas a partir de 2027 cuenten con un pasaporte digital que detalle origen, emisiones y otros datos clave.

Esta información se conecta con los sistemas de control instalados en las plantas —muchos de ellos suministrados por Rockwell Automation— para consolidar un seguimiento que antes era prácticamente imposible.

Automatización: la columna vertebral del cambio

Rockwell, anfitrión del encuentro, presentó herramientas que combinan medición de recursos, control avanzado y estrategias de circularidad. No se trata sólo de reducir consumos: la compañía asegura que la remanufactura de equipos puede disminuir hasta 85% del gasto energético, de agua y de materiales en comparación con producir maquinaria nueva.

Una transición que ya no puede esperar

La discusión ya no gira en torno a si las industrias deben transformarse, sino a la velocidad con la que podrán hacerlo. Convertir residuos en insumos, capturar gases antes emitidos y rastrear materiales desde su origen se perfila como parte esencial de un nuevo mapa operativo para sectores que, hasta ahora, tenían poco margen de cambio.

Con la presión regulatoria en aumento y consumidores más informados, la sostenibilidad dejó de ser un sello adicional para convertirse en una condición indispensable de competitividad.