Cuando el sol comienza a esconderse y las gallinas trepan los árboles para dormirse, las madres meten a sus hijos, las puertas de las casas son atrancadas y los viajeros apresuran el paso mientras rezan. Nadie quiere encontrarse con el Charro Negro.

Hace muchos años, en una ciudad minera de México, numerosas familias de jornaleros trabajaban en el campo o en las minas desde el amanecer hasta muy tarde en la noche por no más que unos pocos pesos. Uno de ellos, José Luis, como tantos, era un hombre trabajador e insatisfecho con la suerte que le había tocado.

Cierta noche, al finalizar su jornada laboral, se dirigió a la cantina de costumbre para soltar unas monedas a cambio de aguardiente y para descargar sus penas en compañía de amigos y compañeros.

José Luis ahogaba sus lamentos en el alcohol junto a un amigo. “Daría cualquier cosa por ser rico” se lamentó frente a su amigo.

En ese instante entró en la cantina un hombre alto y escuálido, de pómulos sobresalientes y con los ojos hundidos. Iba vestido como un clásico charro, el criador de ganado: chaqueta bordada, pantalón ajustado, y un buen sombrero de ala ancha. En su cintura llevaba un lazo finamente trabajado. Lo llamativo era su atuendo, completamente negro con botones de brillante plata. Pidió un tequila, encendió un puro y luego, con su caminar relajado y su rostro inexpresivo, llegó hasta la mesa de José Luis como si fuera el dueño del sitio.

“¡Buenas noches!, ¿José Luis era su nombre?”, expresó el forastero.

“Así es”, dijo el jornalero.

“No pude evitar escucharlo”, dijo el desconocido. “Si Ud. da lo que sea por ser rico lo espero en la mina de Jacal a la medianoche”. Y se marchó a paso lento.

José Luis se quedó pensando en la propuesta del misterioso personaje. Después de meditarlo, se calzó su sombrero, tomó sus herramientas y partió rumbo al lugar convenido con el charro.

Cuando llegó a la mina, nadie se encontraba allí, pero se topó con una serpiente enorme “El charro me habrá engañado... pero al menos puedo llevarme esta serpiente y venderla mañana o pasado. Se pueden sacar dos o tres buenos cinturones con su cuero” pensó, y se llevó el animal.

Depositó la serpiente en un viejo pozo de agua que se encontraba seco, lo tapó con tablas y se fue a dormir. José Luis comenzó a soñar que la serpiente le hablaba “Gracias por hacerme un lugar en tu casa, entre las buenas y gentiles almas de tu familia... Mañana cuando despiertes dirígete a tu establo. Allí encontrarás tu pago y serás rico, solo tendrás que darme a tu hijo varón a cambio”.

A la mañana siguiente, José Luis - aún aturdido por los efectos del alcohol - se dirigió al establo, donde encontró entre el acopio de grano unas bolsas llenas hasta el tope de monedas de oro. El jornalero no salía de su asombro cuando la voz de su mujer lo trajo de vuelta a la realidad:

“¡Ay! ¡Ay! ¡José Luis! ¡José Luis! ¡Nuestro hijo varón ha desaparecido!”.

Su mujer lloraba desconsolada y vio a su hija menor señalando el pozo. Al retirar las tablas se encontró con una horrible imagen. Al fondo yacía el cuerpo destrozado del hijo, pero de la serpiente no había rastros.

La riqueza le abrió las puertas a una nueva vida: dejó de trabajar en la mina, compró las tierras alrededor de su casa y construyó una lujosa hacienda, adquirió más animales, un carruaje, nuevas y elegantes vestimentas.

José Luis no estaba satisfecho y necesitó más. Entonces, la serpiente volvió a aparecerse en sus sueños: “Dame más hijos y serás

rico como nadie que hayas conocido”, le dijo.

La avaricia endureció el corazón de José Luis irremediablemente... Comenzó a viajar a pueblos cercanos, donde se hizo de muchas amantes, a quienes engañaba y dejaba encintas. Tras dar a luz, José Luis se aparecía exigiendo al niño para su crianza. Luego entregaba sus nuevos hijos adonde la serpiente le indicara, a cambio de más y más riquezas.

Poco a poco, la familia de José Luis se hizo increíblemente rica. Nadie se atrevió a preguntar cómo es que llegaban a manos del exminero sus riquezas y lujos. Pero los años fueron pasando, y José Luis, ya viejo, enfermó y murió.

El velorio estuvo a la altura del hombre más rico de la región: exuberantes coronas de flores, una enorme multitud presente, entre ellos las familias más reconocidas y poderosas, un ataúd lujoso y un elegante traje para el muerto.

Por la puerta principal de la sala se hizo presente un charro alto y vestido de negro:

“¡He llegado, José Luis, para cobrar el último pago!”.

El charro avanzó hasta donde reposaba el cuerpo de José Luis, tocó la tapa del ataúd y luego salió de la sala entre carcajadas dejando un aroma nauseabundo, entre flores podridas y azufre. Los presentes se persignaron y rezaron con fuerza. Al abrir la tapa del ataúd con los restos de su amigo no encontraron más que un esqueleto seco vistiendo las elegantes ropas del muerto.

Desde aquel día, se cuenta que cuando alguien reniega de su pobre situación corre el riesgo de encontrarse con un misterioso charro vestido de negro que carga consigo una bolsa rebosante de monedas de oro…

Fuente: EXTRA.ec