La minería es una industria omnipresente e imprescindible, en la que se ha instaurado un debate en torno a la posibilidad de desarrollar una explotación de recursos sostenible.

“La materia no se crea ni se destruye, solo se transforma”… Basándose en este principio, el hombre ha desarrollado todos los bienes y tecnologías de las que se sirve en su día a día, y para ello ha hecho uso de los tres reinos en los que se integra: animal, vegetal y mineral.

alt

De los cuales, el último no solo es el que proporciona una base vital para los dos primeros, sino que además se erige como fuente universal de recursos a disposición del hombre.

No hay sector ni industria en nuestra sociedad en los que no estén presentes los productos procedentes de la explotación de recursos minerales. Desde la generación de energía eléctrica (petróleo, carbón, entre otros), hasta la producción de cualquier bien de consumo (como plásticos y cerámicos), y pasando por todo tipo de materiales que integran nuestras infraestructuras (vidrio, hormigón), medios de comunicación (cableado, silicio) e incluso fuentes de alimentación, como fertilizantes minerales.

La minería es, desde este punto de vista, una industria omnipresente e imprescindible, en la que se ha instaurado un debate en torno a la posibilidad de desarrollar una explotación de recursos sostenible. A priori, explotación minera y sostenibilidad, parecen términos contrapuestos, pero podrían no serlo con una visión de trescientos sesenta grados, que contemplara no solo el sector en sí, sino también a sus usuarios intermedios y finales y a la sociedad que integra a ambos. Desde esta perspectiva, podría plantearse una minería con recursos 100% reutilizables, que minimizara el impacto sobre el ambiente en el que opera, y que potenciara el desarrollo de las sociedades que la albergan.

A lo largo de las últimas décadas, las compañías mineras han avanzado en el conocimiento y sensibilización sobre el equilibrio de sus necesidades económicas con las consideraciones ambientales y las tradiciones culturales de la gente que habita las zonas en las que operan. En este sentido, en los últimos años se han desarrollado relaciones más constructivas entre la industria extractiva y las comunidades afectadas basadas en el respeto, el compromiso fidedigno y el beneficio mutuo.

Por ejemplo, al albor de esta tendencia, en España surgió el “Protocolo para la integración de comunidades autóctonas y actividad minera”, como una herramienta generadora de relaciones beneficiosas entre las compañías mineras y todos los grupos de interés afectados y/o interesados. Este trabajo permite afrontar la problemática asociada al desarrollo de un proyecto minero con una visión multigrupos, beneficiando a todas las partes implicadas: compañías mineras, comunidades y gobiernos.

En cuanto a las compañías mineras, se plantea puedan contar con un mayor conocimiento del coste asociado a la gestión de las comunidades afectadas por su proyecto, pudiendo internalizarlo y contemplarlo en fases tempranas del proyecto, previas a los desarrollos propios de fases ulteriores, a menudo bloqueadas por oposiciones vecinales.

Referente a las comunidades afectadas por la minería, es importante evitar la desinformación, por lo que tendrán un profundo conocimiento de las ventajas e inconvenientes propias de las explotaciones mineras, pudiendo comparar los acuerdos alcanzados con las compañías mineras, con otros que estas hayan desarrollado en cualquier otra región del mundo.

Relacionado con los gobiernos y ONGs, se les dotará una herramienta de arbitraje y una fuente de información parcial, esencial para la resolución de conflictos de intereses.

Actualmente, son varias las iniciativas en pro de la integración de la actividad minera en la sociedad, ya que a lo largo de todas las fases de la vida de un proyecto; cuyos pasos son exploración, desarrollo, explotación y restauración; y más allá de ella, con la plena integración de las capacidades generadas en el tejido industrial y social que las pervive.